Hay despedidas que duelen de una manera distinta, no solo porque se va un amigo o un compañero, sino porque con él parece irse también una parte de una época. Este miércoles, el gremio periodístico de Tijuana se reunió en la Nueva Catedral Metropolitana para despedir a Octavio Favela Ballinas, “El Rábano”, quien murió el pasado domingo 6 de septiembre, a los 56 años, por causas naturales.
Reporteros, fotógrafos, camarógrafos, editores, cronistas y amigos ocuparon las bancas de una iglesia que Octavio conoció durante años desde otro lugar: detrás de una cámara, una libreta o un micrófono, cubriendo actividades de la Arquidiócesis y buscando siempre una historia que contar. Esta vez no llegó como reportero. Esta vez todos llegaron por él.
Durante casi tres décadas, Octavio hizo de las calles de Tijuana su oficina. Pasó por diferentes medios y desempeñó prácticamente todos los oficios que forman parte de una redacción: fue reportero, fotógrafo, editor, cronista deportivo, editorialista y analista político. Pero reducir su trayectoria a esos cargos sería quedarse corto, porque para quienes compartieron el oficio con él, “El Rábano” también fue maestro.
Uno de esos maestros que no necesariamente aparecen en los libros ni reciben un reconocimiento al terminar una generación, pero que dejan huella porque están ahí cuando un reportero joven necesita saber cómo acercarse a un funcionario, cómo encontrar el ángulo de una noticia o cómo resolver una cobertura que parece imposible.
Alan Ramírez, reportero de Síntesis, lo recordó como un hombre generoso, amistoso y exigente con el trabajo. “Siempre quería que todos hiciéramos las cosas bien. Era una persona amable, generosa, y todos los ratos que pasabas con él sabías que no te iba a sacar una sonrisa, te iba a sacar como cien en un día”, recordó.
Después resumió, quizá sin proponérselo, lo que Octavio representó para muchos: “Somos muy afortunados de haber nacido en la época del Rábano”. Para Ramírez, haber coincidido con él significó encontrar a alguien dispuesto a abrir una puerta, compartir conocimiento y extender la mano cuando comenzaba en este oficio.
Luis González, de Canal 33, habló de una generación de periodistas que se formó en las calles y que inevitablemente se encontró con Octavio. Lo recordó con esa mezcla de cariño y nostalgia que solo producen los compañeros con quienes se han compartido años de trabajo. “Si nunca te regañó el Rábano, si nunca te pidió ‘bachita’, si nunca te dio carrilla, yo creo que te faltó una formación muy importante como periodista o como reportero”, dijo.
Y después dejó una frase que explica por qué su ausencia pesa tanto: “El Rábano formó a todas las generaciones de reporteros que tuvimos la dicha de encontrarnos en la calle”.
Esa fue una constante entre los testimonios: Octavio enseñaba mientras trabajaba. No importaba si alguien apenas comenzaba o si ya llevaba años en el oficio. Siempre había un consejo, una observación, una corrección o incluso una llamada de atención.
Jonathan Rivera, quien compartió con él un noticiero, destacó precisamente esa capacidad de resolver el trabajo con rapidez sin dejar de lado la calidad. Recordó que Octavio muchas veces ya tenía claro el ángulo de una nota incluso antes de comenzar una entrevista. “Siempre era alguien que hacía las cosas rápidas, pero bien hechas”, señaló.
Y entonces llegó una de las frases más humanas de la despedida: “Biológicamente no tuvo hijos, pero sí tuvo muchos hijos en el gremio”. Quizá ahí se encuentre una de las mejores formas de entender quién fue Octavio Favela.
Durante la misa, el vicario general de la Diócesis de Tijuana, Monseñor Israel Ángeles Gil, lo llamó “el amigo de los reporteros, el maestro de tantas generaciones, el auténtico centinela del periodismo”. La descripción encontró eco en una Catedral llena de periodistas.
Muchos de los presentes habían coincidido con Octavio en una cobertura, una conferencia, una guardia, una redacción o simplemente en alguna esquina de Tijuana esperando que ocurriera algo que valiera la pena contar. Durante años, él estuvo detrás de esas historias. Esta vez, la historia era él.
Al finalizar la ceremonia, el féretro salió de la Catedral entre aplausos. No hubo preguntas, transmisiones ni prisas por enviar una nota antes que los demás. Solo compañeros despidiendo a un compañero.
Sobre el ataúd, una bandera de Cruz Azul acompañó el último adiós. Era imposible no reconocer en aquel detalle otra parte de Octavio: su pasión por el futbol y por el equipo cementero que tantas veces estuvo presente en sus conversaciones. Entre lágrimas, algunos sonrieron al verla, porque incluso en una despedida tan dolorosa, “El Rábano” seguía provocando recuerdos.
Y quizá eso sea también parte de su legado. No solamente las notas publicadas, las fotografías, las columnas o las coberturas, sino las historias que dejó en quienes aprendieron de él; las puertas que abrió; las llamadas que hizo; los regaños que alguna vez parecieron duros, pero que con el tiempo se entendieron como parte de una enseñanza; las risas en medio de una jornada complicada y los consejos dados en una esquina, afuera de una oficina o dentro de una redacción.
Tijuana despidió este miércoles a un periodista, pero también a una figura que durante décadas fue parte de la formación de su gremio. Octavio Favela “El Rábano” se fue, pero su voz permanecerá en las calles donde ejerció el oficio que amaba y, sobre todo, en los periodistas que alguna vez caminaron a su lado.
Y tal vez por eso la despedida no terminó en silencio. Terminó con aplausos.
Porque algunas personas, cuando se van, dejan un vacío. Otras dejan una escuela.
El Rábano dejó ambas cosas.















Fotos: Karen Castañeda / Border Zoom
